¿Somos influencers narcisistas que overshare?



Por Camila Valenzuela


Como diseñadora gráfica, soy consciente y contrario a lo que propone la profesión aborrezco del poder de la imagen fotográfica para vender realidades ilusorias, pero de eso se encarga y alimenta la publicidad: de mostrar hamburguesas perfectas, jugosas y de colores vibrantes que no se condicen con las que efectivamente recibimos en el McDonald 's. Por esto miro y analizo cada foto con escepticismo para diferir entre lo que es real y lo que tiene unos retoques aquí y allá, sabiendo que cada imagen sacada con una cámara es una gran sinécdoque (figura retórica para designar una parte por el todo) pero esta actividad tan normal para algunos, no es tan obvia para otros que acaban por creer en lo que empresas o incluso personas ofrecen como verdadero en internet, casa del mundo audiovisual y de la información.

Hace unos días, mi hermana me sorprendió con una serie de fotografías que mostraban unos cielos nocturnos locales con lo que a mi parecer era una edición de galaxia para dar apariencia de “cielo estrellado”, le dije a pesar de su ilusión que eso no era real. Lejos de creerle a su hermana que algo sabe, recurrió a preguntar al autor – una página de noticias en Facebook- si eran editadas, a lo que le respondieron con una fotografía de la cámara réflex, es decir, “profesional” que contenía la susodicha foto. Todos podemos tomar una foto de otra foto, pero lo dejé pasar y le dije que, también cambiando parámetros como la saturación, obturación y otros términos del ámbito fotográfico que no vienen al caso, era posible lograr algo así, PERO seguía siendo una mentira, ¿por qué? porque configurando la cámara se nos da de regreso una imagen que, al ojo humano que ve ese mismo cielo, no es real. Di por terminado el asunto, fastidiada porque así como a mi hermana le habían vendido la ilusión de ver cielos galácticos en la ciudad, sucede con gente que, por ejemplo, contrata hoteles para vacacionar basados en fotos inmaculadas para llegar al lugar y sentirse estafados, o el típico tópico de discusión en redes sociales de que la gente detrás de las selfies no se ve para nada parecida en la realidad, sobre todo mujeres que con la magia y habilidad del maquillaje logran metamorfosearse en seres que ni el FBI podría asociar con la persona original.

Lejos de acabarse la discusión, otro usuario comenta a la naive y curiosa pregunta de mi hermana y cito “Cómo se nota que no sabes de fotografía”, ahí planté bandera y me arremangué. Ella, por su parte, respondió educadamente algo entre las líneas de “no todos tenemos porque saberlo todo”, y estaba en lo cierto. Hoy en día, la fotografía nos sigue a todos lados cortesía de nuestros smartphones, que ahora traen hasta tres cámaras de las cuales solo usamos o sabemos usar una, por lo que asumir que eso es suficiente para “saber sobre fotografía” está alejado de ser cierto, tener un smartphone, así sea un IPhone, no nos hace automáticamente fotógrafos expertos.

En ese momento recordé cuando, en la carrera de diseño, leímos en precisamente la materia de Fotografía el ensayo de La cámara lúcida por Roland Barthes, quien a resumidas cuentas problematiza la fotografía como un registro humano de una realidad que no volverá a suceder pero a su vez es una parte mínima parte de lo acontecido con el poder de habla por sí sola en ausencia de palabras o actores como el que tomó la foto o quien fue fotografiado, pero que a la vez no es tan real, en otras palabras y citando su obra: “la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente” (Barthes, 1989, 31). También, este filósofo y semiólogo, nos habla sobre lo innatural que es la fotografía de personas porque ni bien vemos una cámara apuntando en nuestra dirección cambiamos, ya no somos nosotros mismos. Construimos otra persona y posamos fabricando otro cuerpo y actitud diferente a la de minutos anteriores, lo que me recuerda a un dicho que oí en alguna parte de “las generaciones posteriores a las  de cámara a rollo se encargaron de poner y agregar color a fotos en blanco y negro (técnica de restauración fotográfica), mientras que la generación que siga a la de cámaras en smartphones se encargarán de sustraer filtros como los de orejas de perrito para conocer cómo se veía realmente su antepasado”; a diferencia del formato papel, las fotos digitales pueden trascender en el tiempo y hasta circular la red a una velocidad espeluznante, por más que las borremos seguirán ahí.

Fotografiar, en particular el autorretrato hoy conocido como selfies, entonces tiene apegado consigo cierto narcisismo que no nació con los Gen Z, sino mucho antes, por el miedo a ser efímeros mortales, de perder la memoria y no ser recordados, por eso documentamos de forma inconsciente cada momento y lugar por el que pasamos con tanta manía. Eso, y porque además queremos cierta validación de que somos interesantes, únicos, irrepetibles, aventureros, talentosos y todo el tiempo divertidos. No estoy afirmando que ser un poquito narcisista sea malo, mi punto y problema inicia con estos nuevos influencers que retocan las imágenes reales y dejan que otros las crean reales engañando a las masas seguidoras que cuerpos así son reales o que lugares y productos impecables existen, esto solo pone real presión psicológica en jóvenes por ser exitosos, siempre alegres, bellos y populares, más preocupados por las apariencias que por ser realmente felices. O como cuando ilusionan a mi hermana con que localmente existan cielos que parecen más bien fotografías de la nasa de vías lácteas.

El oversharing nos lleva a compartir cada momento, incluso lo que comemos
Si bien los teléfonos inteligentes nos dejan inmortalizar momentos importantes, valiosos, históricos y sentimentales, no podemos negar los que vivimos para verlo y experimentarlo que la cámara a rollo limitaba a ser celosamente selectivos con lo que íbamos a capturar y hasta permitía disfrutar las experiencias en vez de ocuparnos de que nuestros followers sepan dónde y con quienes “la estamos pasando bien” cruzando a veces la fina línea entre compartir y el conocido oversharing, sobreexposición de información personal en internet.  

Esta generación que idolatra el carpe diem (aprovechar el momento presente sin esperar el futuro) es más propensa al oversharing y a ser víctima también de las malas decisiones del pasado o futuro. A lo que me refiero es que, en el afán de que todos sepan de su existencia, popularidad y actividades, comparten pedazos de sus vidas de los que, en menos de 2 años, se arrepienten de haber dejado circular en internet. No puedo repetir lo suficiente que “la fotografía es una forma de documentar”, en otras palabras, es prueba e incriminación del pasado que puede atormentar a futuro. Así, por ejemplo, nos encontramos con Youtubers o Influencers pidiendo disculpas por videos y fotos que creían enterradas en el pasado que muestran a personas y opiniones no aceptadas socialmente hoy en día, acabando “cancelados” por quienes antes eran su fiel público; o madres/padres que comparten fotos de sus hijos sin su consentimiento en situaciones comprometedoras que a futuro solo traerán traumas a los pequeños ya adolescentes, a riesgo de ridiculizarlos y que se viralicen.

En conclusión, lejos de querer acusar el poder de las cámaras fotográficas poniéndolas en una luz negativa, hay que destacar su utilidad para plasmar momentos especiales y lugares, pero no olvidar que es un arma de doble filo. Esto invita a reflexionar si justamente ese “momentum” captado es tan real como el generado en la memoria y el visto por nuestros ojos, también preguntarnos antes de subir algo a nuestras redes: ¿estamos engañando a otros y a la vez siendo engañados? ¿De verdad queremos hacer creer a los jóvenes que la vida, lugares y hasta cuerpos son naturalmente perfectos después de claramente haber retocado la imagen? ¿Es moralmente correcto ser un medio de información y vender cielos estrellados que nunca existieron? ¿Vamos a subir a las redes esa foto divertida de nuestros niños sin su consentimiento a riesgo de que se vuelvan memes virales y se arrepientan en el futuro? ¿Y si bajamos la cámara y disfrutamos el verdadero carpe diem?

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