Invertir tiempo y datos on-line

 Un ensayo de sus servidoras,

Rocío Albornoz y Camila Valenzuela

 



Probablemente ya no recuerdes hace cuánto tiempo no salís de tu casa sin el teléfono en mano, y con la cuarentena tus horas pasan a través de una pantalla, ya sea del celular, la tablet, la compu o la tele conectada al wifi. El teléfono es la nueva extensión de nuestras manos y herramienta indispensable para toda actividad: ¿Olvidaste enviar ese mail? No te preocupes, podés hacerlo con tu teléfono desde el baño de tu casa. ¿Aburrimiento? Al rescate un gran catálogo disponible en la app store ¿Lo tuyo es la fotografía? Ya no necesitas una réflex pesada en el cuello, tu celular puede hacer lo mismo, sino ¿Para qué tantas cámaras?

A las pruebas nos remitimos, según un informe de la compañía de marketing Comscore, los argentinos pasan 78% de su tiempo en línea a través de dispositivos móviles. Estamos ante un claro boom en el uso no solo de teléfonos sino de la conectividad en todas partes cortesía del wifi y los datos móviles que ofrecen compañías de telefonía. Hasta la abuela negada se sumó esta cuarentena a los “teléfonos sin botones” para hacer videollamadas con esa tía tecnologizada, para salvar las distancias entre cercanos cuando “ir a tomar mate a la casa de” se nos prohibió por cuestiones de seguridad.

La pregunta del millón es ¿en qué usamos e invertimos el tiempo en redes e internet? ¿Qué cosas mata y que salva?

 

Lejos de estar acá para demonizar el amado wifi y los dispositivos con acceso web, buscamos generar la reflexión en torno al uso de redes sociales y lo que hacemos en ellas, como las posibilidades que nos dan los teléfonos tiene, como todo indudablemente, un lado útil y otro frívolo. Estar hiperconectados tiene sus beneficios y nos hace parte de una nueva cultura en red y universo virtual, pero trae consigo responsabilidades y desventajas para aspectos como la salud mental, la creatividad y capacidades como las de socializar en persona o resolver problemas.

El problema de la cuestión yace en cómo la información in absentia de quien postea en internet puede ser interpretada y las posibles reacciones que despierta en los otros. Lo publicado estará allí, exponiéndose al universo virtual incluso cuando hemos borrado esos posts o decidimos cerrar cuentas de forma definitiva. Tiene sus ventajas el poder compartir cualquier tipo de material a la red, siempre que seamos responsables al respecto.

Grabar momentos humillantes y/o desgracias de gente que no conocemos, o peor aún, gente a la cual no conocemos, y que se harán virales - porque no es posible dejar de lado la adicción a los likes- esta es una de las frivolidades de las que hablamos. A compartir desmedidamente, sin analizar si el mundo necesita ver esa foto, video, ese escrito críptico que todos leen en tus estados (menos a quien iba dirigido) o screenshot (captura de pantalla) de esa conversación que debió permanecer en la intimidad de lo privado. Todo lo anteriormente mencionado es parte del creciente fenómeno del overshare, la sobreexposición de información personal o no personal propia en internet. El equivalente a esa foto que todo bebé de los ´90 tiene en papel fotográfico de su primer baño, solo que ahora no se comparte solo con la abuela y familia, sino con el mundo entero.

Distando unos grados del tremendismo propio de la gente mayor, de que la tecnología es el mayor culpable de problemas sociales porque sí, es apropiado generar una serie de argumentos para echar luz al asunto, destacando lo bueno y lo malo aparejado al tiempo que se invierte frente a pantallas con wifi/datos incluidos. Cabe destacar que todo esto se crítica pero ellos también suben todo a las redes o no les suena “Que lindo mi nietito cumplió 25 años. Te amo mi vida” junto a una foto que mejor ni explicarla porque ya todos se lo imaginan

Estar conectados pareciera haber salvado a varios esta pandemia, posibilitando que se mantenga a nivel global la continuidad escolar y laboral de varios, conectarnos con familia y amigos, y hasta que se abran las puertas para ser autodidactas en el “nuevo tiempo libre”, accediendo a información a un click de distancia, fomentando los hobbies más raros como preparar esa caprichosa masa madre que luego de tres días murió o aprender a hacer Power Points decentes. 

Entonces, pareciera que, en este contexto tan atípico para todos, como consumidores de la tecnología, nos trasladamos de un extremo al otro, ya sea si nos convertimos en celu dependientes o aborrecemos el celular o computadora, no hay grises: o somos adictos o estamos totalmente negados. Al parecer la tecnología se ha convertido en uno de nuestros motores para vivir y nos volvió personas impacientes, porque si en WhatsApp no nos contestan a los segundos que enviamos el mensaje armamos millones de teorías conspirativas por la cual no contesto al instante. Y nuestro tiempo de atención, gentileza de TikTok, se ha visto reducido a menos de 1 minuto antes de que perdamos interés.

Por años escuchamos a nuestros abuelos decir que antes se enviaban esquelas o cartas para comunicarse o que se enamoraron cuando se vieron en un café o club de barrio, pero ustedes recuerdan la última vez que se miraron a los ojos con otra persona sin ninguna otra razón que solo mirar. Las redes sociales poco a poco van quitando eso tan preciado que es la mirada y el contacto profundo. Si comparamos el fenómeno con la llegada del teléfono fijo en casas de los papás de los bebés de los 90, aún se conservaba cierto je ne sais quoi (no sé qué) mezcla de la emoción por que ese otro especial atendiera y no su papá retando porque la factura del teléfono se iba por las nubes por minuto de llamada. Hoy en día… nos da pánico atender hasta a un conocido, ni hablar de un número no registrado. Ese sentimiento se perdió, ese terror nos inmovilizó de esos momentos típicos de toda casa, preferimos un mensaje antes que tener hablar ¡Wow, algo está pasando! Ya no gastamos en minutos de llamada, los mensajes solo cuestan lo que el plan de datos móviles exige o lo que sale en wifi, pero aun así nos negamos hasta a prender la cámara en videollamadas, ya no es necesario siquiera gastar en el otro porque WhatsApp es gratis. 

Recuerdo una vez escuchar un podcast de un influencer que hablaba sobre las relaciones en tiempos de redes sociales, el mismo contaba cómo había conocido a una chica por la famosa red de citas Tinder, la cosa venía bien entre charleta y charleta, él le dice que la aplicación no le andaba bien (la típica), entonces le pide su número de teléfono. Empiezan a hablar por WhatsApp, todo iba bien hasta que a él se le ocurre que se podrían conocer en persona, la chica acepta y quedan de verse en un bar de Palermo, literalmente se saludaron y fue un silencio que costaba cortarlo con tijera. Dejando de lado que, como mujeres, la idea de movernos de mandar mensajes con alguien a vernos en persona nos maquina la cabeza de interrogantes cómo “¿Y si no es el de la foto? ¿Y si termino muerta en una zanja? ¿Y si termino en la trata? El mundo online es peligroso, uno no sabe quién está del otro lado y peor, quien nos miente.

Volviendo a lo anecdótico, el influencer daba la explicación de que esto había sucedido porque ya se habían contado todo por mensaje ¿¡Y!? Supongo que no debe ser lo único que tienes para contar, creo que algo más profundo debe haber en ese tierno corazoncito, pero bueno vamos al punto. Como puede ser que por mensajes uno puede comunicarse tranquilamente y ser la persona más social del planeta, pero en persona no puede ni abrir la boca para decir un simple ¿cómo estás? Sin duda la tecnología está afectando nuestras maneras de comunicarnos con el mundo,  y acá retomo esta idea que planteaba Casciari - para quienes no hayan oído ese audio de Hansel y Gretel en el Blog de Opinionados estará subido el link- volviendo al tema,  este escritor argentino habla, a grandes rasgos con más o menos palabras, sobre el incorporar los celulares a las obras clásicas, sin pensarlo las historias amorosas son justamente románticas por la falta de comunicación o comunicaciones fallidas, por la incertidumbre de cómo es el otro hasta que en algunos casos lo llega a idealizar. 

No es que con la tecnología haya muerto el romance y aventura, ahora los problemas de incomunicación son otros. En redes es fácil vender que todos la pasamos todos los días bien y que somos divertidos, pero la cosa se pone interesante cuando enviamos al grupo equivocado un mensaje que no era, o cuando la nube del celu decide o borrar tus fotos o filtrarlas sin autorización ¡Ojo ahí con esas fotos!, y lo más temido: encontrar a un pariente claramente en una relación en apps de conocer gente... peor aún ¡a tu pareja! *inserte emoji de muerte o de venado*

La parte más cruda para muchos es caer en cuenta de la edad de uno en los casos en que nuestros sobrinos están en las mismas redes y que a lo mejor nos estamos volviendo la tía Norma que manda los buenos días con cartelitos de Tweety mal editados en Facebook. Ellos son muy chicos para estar ahí o uno muy grande ¿Cuál es la norma, etiqueta y procedimiento a seguir cuando encontras a tu familia en la red? 

Creo que lo importante es notar ¿Qué están haciendo con las redes? ¿Para qué las están utilizando? Porque me pueden decir tía Norma, pero si estamos viendo a “una nena” comportándose como una de 25 años creo que esa es nuestra alarma. Con esto no digo que no deben estar en las redes, pero seamos conscientes, si está Mirko-el hijo de Marley- en Instagram porque no nuestros sobrinos. La diferencia yace en el nivel de control parental, que lejos de ser paranoia y autoritarismo, es una forma de mantener a los más chicos seguros.

Retomemos una vez más lo de cómo cuentos como La Caperucita mueren si les damos un celular. Con la tecnología se han generado espacios para incluir, válgase la redundancia, a la tecnología en las tramas; eso sin meternos en webs que permiten publicar ese fanfic de la serie y/o de algún cantante, espacio poblado de escritores amateurs. Así, el contar ficciones no muere, sino que se modifica y adapta a nuestros tiempos, nosotros mismos contamos historias breves ahora a través de “Estados”, hilos de “Tweets” o “Stories”. Es aceptable que contemos historias, porque cada uno es dueño de hacer lo que quiere, pero si contamos desde como el progenitor de tu hijo no se hace cargo de ellos hasta como te va a salir un grano justo justo ahí, creo que existe cierto límite sobre lo que publicamos, ¡acaso no tenemos ese aliado que actúa de voz de la conciencia y nos dice “Che! Me parece que no da”. 

Levante la mano quien no se ha peleado con sus amigos o familia cuando suben esa foto en que todos están divinos, menos uno sumado a que te dicen “Estas divinas” ¿¡Dónde estoy divina!? He aquí otro problema de la hiperconectividad y dejemos esto en claro de una vez por todas: Que lo/la hayas tenido 9 meses (7 si es prematuro/a) incubando en tu panza ¡¡¡NO te da derecho a subir sus fotos a Facebook sin su permiso!!! Lo mismo con amiguis: Más de diez años de amistad NO te dan derecho a traicionarme de esa manera.

 Hay que recordar que las fotos son un arma de doble filo y el fantasma del pasado oscuro siempre puede volver a atormentarnos. Hay inclusive empleadores que buscan a sus empleados antes de contratarlos (ya sé porque no tengo trabajo entonces) y lo que encuentren puede resultar en causas de despido (a las pruebas nos remitimos: ese empleado que se tomó el día y subió foto en lugares donde alguien descompuesto no estaría, ergo: la plaza tomando mate, el casamiento del primo segundo del lado paterno, etc.).

Las fotos como bien pueden recordarnos momentos hermosos donde fuimos felices, no quita que existan aquellas imágenes que no queremos ni en papel fotográfico y mucho menos en nuestra memoria, borrar fotos digitales tiene el equivalente a cuando cortábamos de las fotos impresas a esa persona. En vacaciones solemos tomar quien sabe cuántas fotos ¿Por qué? ¿No confiamos en nuestra memoria? no lo sé, pero estas vienen a congelar un momento de nuestra vida, excepto las fotos de mujeres que ven un pájaro distinto y son literalmente 75 fotos del pajarraco, la razón se las dejo a su criterio. Las fotografías nos permiten trasladarnos a ese momento en que ya no podemos estar, hasta ahora no existen máquinas del tiempo como la de la “Familia del Futuro” en el que ponías una fecha exacta y veías proyectado un fragmento de tu vida. 

Lamentablemente, fotografiamos muchas veces por placer, pero en otras por maldad o metiche, porque no me van a decir que no ven “Exponiendo infieles” en Badabun, en el que le toman fotografías a una persona que está engañando a su esposa, ven por eso hablaba de doble filo. La imagen nos lastima en muchos aspectos, recordamos a un ex, a un ser querido que no está, notarse más flacas, millones de cosas reviven en el cerebro humano con solo ven una foto. Bajo el dicho de “una imagen vale mil palabras” plantamos bandera. Sí, una foto incrimina, da pruebas, pero también engaña. Tía Norma te hablo a vos, dejá de mentir, todos sabemos que no sos así en la vida real. ¡Pobre tía Norma! (por propósitos legales: este personaje es ficticio y no está basado en hechos y personas de la vida real).

El punto es ser consciente en qué experiencias de la vida real nos perdemos por estar inmóviles con el móvil como conversar en persona, pensar dos veces antes de mandar mensajes al imperdonable mundo web y las consecuencias que tiene para nosotros y los otros. Estamos en línea para divertirnos, no para pasarla mal… al menos que estés en on line por cuestiones académicas o laborales, que eso ya es otro tema y otro set de emociones distintas. Si vamos a invertir costosos e irrecuperables datos móviles y tiempo, que sea de forma razonable, en lo que nos llene como personas, de felicidad y algo de conocimiento que nunca viene mal. No en concursar por ser más interesantes y obtener la aprobación vía likes o mortificar personas por esa foto no autorizada.

De esta manera, estar on-line en cuanta app dispongamos o tener el acceso web 24/7 trae aparejado cosas positivas, es decir, que el abanico de opciones para que hacer con el tiempo libre es cada vez más amplio, empero también tiene un lado frívolo con experiencias negativas que solo contribuyen a la ansiedad y malestar general, he allí un problema ético entre lo público-privado. Es necesario controlar el impulso de compartir lo que se nos venga a la mente, de lo que merece estar en la esfera privada o merece salir a la esfera pública. 

En función de lo antedicho, probablemente algunas de las situaciones relatadas hasta aquí sean cercanas para algunos. Esto no es una reprimenda para ponerse paranoico y descargar otra app más para medir el tiempo que estamos activos on-line en redes, sea libre de invertir su tiempo en lo que le plazca la gana. Establecer una cantidad saludable no es una tarea fácil y cada quien debería ser capaz de establecer su propio criterio. Además, ¿existe tal cosa como desconectarnos y desintoxicarnos de la tecnología o es un mito? 

Tal vez sea “Time to log off” (hora de desconectarnos), tomar un descanso, empezando por una hora al día para examinar qué de nosotros hemos expuesto esta semana en Instagram - o su red social de preferencia - y qué de esos datos y tiempo invertidos fueron verdaderamente productivos para nuestra mente y salud general. No se pide que se desconecte del todo, solo ser consciente de lo que subimos y compartimos, analizar detalles antes de hacerlo público para no perjudicarnos o a terceros.


Podés acceder al podcast "Offline" donde discutimos el siguiente ensayo a través de:




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